domingo
no quiero que me hable al menos por un rato. es que esa niñez latente, esas historias de amigos invisibles, esa verborragia impulsiva, el enroscarse en sus propios pensamientos policromaticos y los sueños sobre cuerpos celestes me hacen que estremecer y no puedo controlar mi niño enamoradizo. no lo extraño, no lo quiero, no lo toco, ni lo sueño, es impalpable y platónico, de fantasía y purpurina, de vodka con te, de madrugadas cortas, de cuentos de fin de semana. me gusta, y me di cuenta porque cada tanto escribo su nombre en el el margen de mi cuaderno. no quiero que me hable, al menos quiero volver a respirar sin agitarme. un sentimiento binario, un loco en era de la tecnologia.
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